Brasil, orden y ¿progreso? (Parte 1)

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El jogo bonito murió en 1986. El ciclo romántico de Zico y Sócrates terminó en una calurosa tarde mejicana con el penal transformado por el francés Luis Fernández, que dejaba a Brasil fuera de la Copa del Mundo.

En uno de los mejores encuentros de la historia del fútbol, la Francia del fútbol champagne enterró la sugerente generación dirigida por Telé Santana, dejando una herida en los corazones brasileños que aún hoy día no parece haber cicatrizado. El espíritu liberal, efervescente y juvenil mostrado por la selección brasileña entre 1982 y 1986 no le hizo levantar ningún trofeo, y acentuado por las necesidades de un país que no conseguía un título desde la Copa del Mundo de 1970, decidió pegar un volantazo a su juego que todavía perdura en la actualidad.

El orden se instaló en el sino de la Federación Brasileña, la disciplina táctica imperante en el fútbol europeo empezó a ser reproducida en la selección, (Brasil siempre ha considerado que el talento puro se encuentra en su país, pero es consciente de que debe imitar los modelos del viejo continente), y sustituye la “inocente seducción” por un “efectivo pragmatismo”.

La libertad posicional mostrada por Eder, Zico, Toninho Cerezo y Sócrates en 1982, y por Pelé, Jairzinho, Rivelino, Gerson y Tostao en 1970, fue aparcada definitivamente. A partir de ese momento la magia dejaría de ser el objetivo principal, seguiría existiendo porque el futbolista brasileño está moldeado por la cultura del país, pero quedaría relegada a un plano mucho más secundario. El orden ahora sería lo primero.

Zico en el Mundial de México 1986

Brasil ganó el Mundial de 1994 con un equipo de corte defensivo donde el detalle diferencial lo ponían la excelente dupla formada por Bebeto y Romário. Parreira construyó un conjunto sólido y reactivo que se aprovechaba de la calidad imprevisible de sus dos puntas para hacer bueno el trabajo colectivo. El modelo tendría continuidad.

En 2002, la selección brasileña dirigida por Scolari consigue su quinto cetro mundial, con un esquema 5-2-3 donde todas las miradas se dirigían a los legendarios Ronaldo y Rivaldo. Un equipo pragmático, con mecanismos simples en la elaboración, pero con una inmensa capacidad en la definición.

Para el Mundial de 2006, parecía que esta rigidez imperante podría haber sido derribada con la convocatoria de jugones como Ronaldinho, Ronaldo, Kaká, Robinho, Adriano o Juninho Pernambucano, pero otra vez Francia en los cuartos de final volvería a abrir viejas heridas y borraría de un plumazo las esperanzas de los brasileños que anhelaban espontaneidad. Una vez más, la derrota impulsaba a Brasil a huir del romanticismo.

Tras un decepcionante Mundial de 2010 excusado por la falta de hombres de calidad, Brasil acogía la edición de 2014 con ánimos renovados tras su rotunda victoria ante España en la final de Copa Confederaciones 2013. De nuevo a los mandos de la verdeamarela, Luis Filipe Scolari dibujó un equipo que crecía entorno al trabajo sin balón, con un ritmo altísimo y una presión asfixiante, que llevaba a sus rivales al límite de la desesperación. Una selección tan pasional que fue consumiéndose cuando empezaron a caerse sus jugadores capitales.

Brasil 2006 estaba llamada a hacer grandes cosas

La baja de Neymar, el niño que cargaba con la presión de todo un país, supuso un golpe durísimo para un grupo que ya había mostrado debilidad mental tras vencer a Chile por penales en el partido anterior. Las lágrimas al término del encuentro reflejaban la terrible exigencia de un grupo al que no le estaba permitido fallar. El caldo de cultivo estaba listo.

Lo que viene después lo tendremos presente durante muchísimo tiempo, Alemania destrozó a Brasil en semifinales y dejó a la selección anfitriona como la perdedora moral del torneo, por encima de países como España, Italia o Inglaterra.

La resaca del choque dejó innumerables titulares a nivel mundial, los más críticos desde el propio país. Las derrotas tienen ese efecto positivo, te devuelven a la realidad, te hacen dudar, y Brasil tras digerir el fracaso empezó a moverse para volver a levantarse.

Las filosofías de juego siempre están legitimadas por las victorias, por eso cuando se pierde se levantan voces pidiendo el cambio. La opción de desviarse del camino seguido hasta el momento, aparece. Si la personalidad está asentada, sobrevivirá a la derrota. Si no lo está, quedará aparcada, y si ésta resulta equivocada se volverá a lo antiguo. Los ciclos futbolísticos son así.

Las lágrimas tras pasar in extremis ante Chile, hacían presagiar lo peor

No hay ninguna duda de que el Mineirazo ha sacudido los cimientos futbolísticos de Brasil, se trata de un episodio devastador para el orgullo brasileño capaz de romper con lo establecido. Históricamente la canarinha no ha dudado nunca de que son los mejores, de que son los referentes mundiales, pero siempre han demostrado la modestia suficiente como para saber aceptar cuando necesitan adaptarse a otro fútbol. Su autoexigencia tiene doble filo, les infunde una presión desmedida a sus jugadores, pero a su vez trabaja a destajo para estar en la vanguardia futbolística.

Tras el Mundial, la federación brasileña entregó a Dunga el timón de la selección, en un movimiento que parece ser continuista con el estilo post86. Brasil sigue apostando por un modelo de juego defensivo, reactivo, que entrega espacios a los hombres de arriba para aprovecharse de la calidad individual. Un conjunto que ha sustituido a muchos de los componentes de la cita mundialista pero que aún conserva ese carácter futbolístico tan definido.

Los porqués los intentaremos analizar en la segunda parte.