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Cristiano, el desdichado

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Vicente Breso

Licenciado en Sociología y Ciencias Políticas. Amo el fútbol y estoy enamorado del baloncesto. Escribir sobre ellos es la leche.

Cristiano, el desdichado. Segundo, una vez más, segundón reiterativamente. La foto del Balón de Oro de Messi corroboraba de nuevo la imagen de un Ronaldo al que se le acaban los años para acercarse a lo sobrenatural, para arrimarse a lo nunca visto y a pesar de todo quedarse a un paso. O a varios. Ha sido durante muchos años el “enemigo” perfecto, quien más ha sabido llegar a lo divino desde la virtud humana, el Hércules de turno que siempre tuvo la intención de subir al Olimpo y el Aquiles que mejor disimuló su talón, el nadador perfecto que tuvo la intención de nadar a la velocidad del tiburón y durante algún tiempo consiguió rozarle la aleta. Y sin embargo, segundo. Segundo.

A todos nos ha pasado alguna vez en nuestra vida, cuando dedicamos todas nuestras energías  a un propósito que otro atisba en apenas un par de segundos, cuando todo nuestro interés se difumina ante la facilidad ajena.  Creamos un universo paralelo, intentamos alinear a los astros y encajar todo lo encajable para lograr nuestro propósito, nos convertimos en obsesivos compulsivos que persiguen una meta, un ideal, un estatus. Y no llegamos, nunca llegamos. Cuando uno se rinde encuentra otra meta, lo que conlleva un fracaso explícito, pero cuando no lo asume se genera otro sentimiento todavía peor, más dañino y peligroso: la frustración.

Cristiano Ronaldo vivió desde pequeño sintiéndose el mejor, el niño especial que siempre fue, aquel que pasaba por encima de rivales a base de zancada y facilidad para el desborde, un talento innato al que el portugués agregó todos los ingredientes necesarios para convertirse en el mejor, con mayúsculas. Se fabricó un carácter de acero, aprendió que para estar en la cima hay que ser voraz, no dejar nada a la improvisación, alinear a esos astros de los que hablábamos anteriormente todos y cada uno de los días de su vida profesional. Moldeó su cuerpo hasta convertirlo en una máquina perfecta, acondicionó su casa hasta convertirla en un centro de preparación de élite, adquirió y naturalizó los mejores hábitos de un deportista a pesar de ser un joven de veintipocos años. Lo hizo todo. Reventó en Manchester y ha batido récords en el Madrid, algo que no le ha valido para situarse a la altura de Messi, que da la sensación de conseguir más haciendo menos, obsesionándose la mitad y sobre todo revistiéndose de una sencillez que aunque no sea del todo verdadera le otorga una personalidad que siempre ha cuajado más con el público, más allá del juego de uno y otro. Hasta en eso es segundo.

Messi-Cristiano Ronaldo, una rivalidad de época. Fuente: clickdeportivo.net

Messi-Cristiano Ronaldo, una rivalidad de época. Fuente: clickdeportivo.net

Lo seguirá intentando, lo que reviste su lucha de una honradez que va casi unida a la sinrazón, un dummy de la magia que ha querido pelear contra Merlín durante años a base de cañonazos. Y lo peor es que no ha conseguido hacernos sentir partícipes de su lucha, no al menos a los que vemos su fútbol (y el de Messi) como el de un aficionado neutral, sin ataduras de ningún tipo. Hubiese sido el héroe perfecto, un David del fútbol que a pesar de todo su esfuerzo ha acabado convertido en un Goliat, víctima de su propia ambición, el elemento perfecto e indisoluble para entender lo que es y ha sido Cristiano Ronaldo como futbolista. Expectativas, retos, autosuperación, entender el fútbol no como un juego, sino como como un deporte, ver en un partido una competición contra sí mismo, contra los rivales y hasta contra sus compañeros, no dar nada por hecho y no entender que ir a rueda del Mesías no es ninguna humillación, sino todo un hito.

Debe de ser muy duro si lo pensamos bien. Nacido ex profeso para convertirse en el mejor futbolista de la historia, alguien que por fin unió talento y trabajo a partes iguales, luchando día a día contra propios y extraños para quedarse en la sombra. Todo habría podido ser distinto, si Messi hubiese nacido quince años antes, o quince años después, si Jorge no le hubiese regalado a Leo aquella pelota, si el Barça no lo hubiese formado desde tan joven, si Rijkaard no le hubiese dado la alternativa a los diecisiete….tantas y tantas cosas que habrían podido hacer de Ronaldo una leyenda entre las leyendas y que, sin embargo, van a ser menos. Muy cruel, casi injusto, despiadado, una paradoja que rompe en mil pedazos el sueño americano del portugués, desesperante más si cabe para alguien a quien el amor propio siempre le ha valido como arma para superarse, un tipo que no sólo ha querido ser el mejor, sino parecerlo. Una estrella, en todos los sentidos, la segunda estrella a la derecha del más grande, el “Nunca Jamás” de lo que pudo haber sido y casi fue.