España ya no es el equipo de todos

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Vicente Breso

Licenciado en Sociología y Ciencias Políticas. Amo el fútbol y estoy enamorado del baloncesto. Escribir sobre ellos es la leche.

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“Ridículo”; “Vergüenza”; “Fracaso”. Titulares todos ellos de los grandes medios nacionales y autonómicos de nuestro país. Yo no diría tanto, pero sí es evidente que esto se veía venir. Y no desde hace tres días, ni cuatro. Pero lo peor no es ver in situ la cuesta abajo de un grupo de futbolistas fantásticos, ni tampoco presenciar cómo los mejores jugadores del país no esconden su estómago lleno. Lo peor es ver cómo la selección vuelve a caer en las mismas miserias que desterró Luis Aragonés hace ya un tiempo, ver como “La Roja” ha ido hundiéndose en el lodo de una corriente de voceros y forofos a tiempo completo hasta consumirse del todo. Contemplar cómo España vuelve a ser España, ese país sin remedio, esa selección destinada al perpetuo fracaso.

La caída tenía que llegar, después de tanta borrachera de éxitos la resaca era previsible. Era inevitable e incontrolable y ojo, buena parte de los jugadores que ahora parecen ociosos e indiferentes merecían tener el derecho de fracasar, el privilegio de viajar en el barco hasta que dijeran basta. Lo que molesta es la falta de dignidad en la caída, la pérdida de valores y de representatividad que genera esta selección. Ya no es la selección de todos y eso no ha sido consecuencia del fracaso sino del método.

España tras caer derrotada ante Italia. Fuente: elprogreso.galiciae.com

España tras caer derrotada ante Italia. Fuente: elprogreso.galiciae.com

Luis Aragonés encabezó la revolución, inculcó un sentimiento de pertenencia a las “otras Españas” que no acunaban a Real Madrid y Barcelona, formó un equipo de todos y para todos, por mucho que eso le valiera no pocos latigazos de micrófonos y periódicos acostumbrados a la servidumbre de unos pocos. Y hasta al Sabio le costó lo suyo, no fue cosa de un día. En aquel Mundial de 2006 en el que debutó, parte de la vieja guardia seguía presente, incluído un decadente Raúl González que le birlaba a un buen David Villa la última media hora de partido. En esa copa del Mundo el “Guaje” portaría el dorsal 21, el capitán del combinado nacional era el propio Raúl junto con Míchel Salgado y Santiago Cañizares. Francia nos eliminaría en octavos y sería el último gran torneo de muchos.

Luís se enfrentó con todo y con todos por tener la libertad de formar el que él creía que era el mejor equipo posible. Sin ataduras, ni vetos ni preseleccionados por decreto. Eso le granjeó enemigos casi de por vida, sin embargo nos hizo a otros partícipes de su lucha. Llamó a la insurrección de otras muchas Españas que hasta el momento ni sentían ni padecían con la selección porque, simplemente, no iba con ellos. Dio poder a un jugador maldito como Xavi y otorgó el dorsal 7 a un David Villa que en sus primeros años fue el usurpador nacional por excelencia y poco menos que el hijo bastardo del rey. Y lo más importante: en esa selección estaba representado el populacho, del que nadie se acuerda y casi nunca tiene derecho a nada. A la Eurocopa de 2008 acudieron jugadores de hasta 11 equipos distintos, 9 de ellos españoles. Jugadores como Fernando Navarro y Dani Güiza (Mallorca), Capdevila, Cazorla y Marcos Senna (Villarreal), Andrés Palop (Sevilla), Sergio García (Zaragoza), Juanito (Betis) o Rubén De la Red (Getafe) representaban al tipo de jugador medio, aquellos que nunca imaginan ganar algo con su país jugando en el extrarradio.

Ese grupo tenía una participación variadísima, sólo dos jugadores del Real Madrid (Iker Casillas y Sergio Ramos) y tres del F.C. Barcelona (Puyol, Xavi Hernández y Andrés Iniesta), mientras que el equipo más representado era el Valencia con cuatro jugadores (Albiol, Marchena, Silva y Villa). Un grupo con poco peso, mucha hambre y más calidad, con los egos bien amarrados y dirigidos por un seleccionador que les doblaba el currículum: Luís Aragonés.

Luis Aragonés manteado por sus jugadores tras ganar la Eurocopa. Fuente: mundiario.com

Luis Aragonés manteado por sus jugadores tras ganar la Eurocopa. Fuente: mundiario.com

A priori ese torneo no estaba destinado al éxito para España, nadie pensaba que aquel grupo de jugadores podía ser el mejor equipo de Europa. Pero lo fue, y además sin paliativos, practicando un fútbol nunca igualado en los campeonatos posteriores, ni siquiera en el Mundial de Sudáfrica, el mayor logro de la historia del fútbol español. Y luego Luís se marchó, hastiado de tanto demagogo, cansado de la España de siempre.

Cuando España empezó a ganar Sergio Ramos todavía no sabía hablar ante un micro, cuando España empezó a ganar Silva todavía corría hacia atrás igual que hacia adelante, cuando España empezaba a ganar lo hacía con Capdevila, Marcos Senna y Carlos Marchena, cuando España empezaba a ganar andaba por ahí “el jugador más golfo del fútbol español”, Dani Güiza, el goleador del pueblo. Nunca antes el fútbol español vivió algo tan bello. Y entre todos nos lo cargamos, faltaría más.

Con Vicente Del Bosque siguieron los triunfos, no se paró la rueda, pero poco a poco la esencia del equipo de Luis se fue consumiendo. En 2010 el número de equipos nacionales representados se redujo de 9 a 6, mientras que Real Madrid y F.C. Barcelona ya copaban la convocatoria con hasta 12 jugadores entre ambos, más de la mitad del combinado nacional. Aquel grupo de semidesconocidos se había convertido en poco tiempo en una constelación de estrellas, un coche de carreras que iba a 200 hasta con un conductor dummie.

Pellé marca el 2-0 para Italia ante España. Fuente: elorientaldemonagas.com

Pellé marca el 2-0 para Italia ante España. Fuente: elorientaldemonagas.com

Se ganó y se volvió a ganar pero no fue lo mismo. Se hizo desde la autosuficiencia y no desde el esfuerzo, se hizo desde la élite y no desde las bases, se hizo con la complacencia de los palmeros y no desde el cabreo de los olvidados. Las fotos eran para los mismos, las copas las levantaba el capitán del Real Madrid más que el capitán de España, el copyright del tiki-taka se lo apoderó el Barça y sus acólitos y el seleccionador ya no era un Cid Campeador sino un Marqués. Ahí empezó a torcerse todo, ahí murió la nueva España y reverdeció la vieja: la de las convocatorias prefabricadas, la del inmovilismo, la del servilismo para con el poderoso y la ignorante con el débil. La soberbia, la que nunca aprende, el equipo con el ombligo más grande del mundo.

Al final cada uno tiene lo que se merece y si los triunfos de España fueron prodigiosos, más prodigiosa será la caída. Ahora no hay un Luis Aragonés que tenga el valor de dejar en casa al Raúl de turno, nadie que tenga lo que hay que tener para enfrentarse a los terratenientes pluma en mano a costa de su persona, nadie tan curtido como para soportar carros y carretas durante tanta intensidad y tanto tiempo. Y si lo hay que se prepare, porque empieza el circo.