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Los niños no quieren ser como Higuaín

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Vicente Breso

Licenciado en Sociología y Ciencias Políticas. Amo el fútbol y estoy enamorado del baloncesto. Escribir sobre ellos es la leche.

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El deporte, y más en concreto el fútbol, se está volviendo algo opaco, un juego en el que da la sensación que sus propios jugadores cada vez tienen menos ganas de jugar. No entiende de amores ni de escudos. Lo primero acaba convertido en puro postureo al primer calentón del jugador, lo segundo pasa de un patrimonio inmaterial a un simple trozo de tela.

Crecí en una burbuja, me enseñaron que los futbolistas eran superhéroes, con botines pero sin capa, un pedazo de escudo exhibiéndose al servicio de una ciudad, de una afición. Con el tiempo uno se da cuenta que aquella ilusión no era más que eso, una ilusión, y que esos superhéroes eran en realidad seres humanos a los que la desinformación y la inmadurez del gentío los habían convertido en algo que no merecían.

Me marcó lo de Mendieta, me sigue marcando. Aquel brazalete que se adivinaba imperecedero en poder de aquella melena rubia, la que una vez quisimos todos los niños de cierta edad. Sin melena rubia, el brazalete perdió en mística y ganó en paño, y por mucho que se posase en otras pieles nunca lo vi igual. Maduré de golpe, dejé de creer en héroes. Gaizka pasó a cobrar en liras a instancias de un club que impuso un veto al blanco para no provocar un drama aún mayor del que ya se avecinaba. Nunca fue lo mismo, las lágrimas se convirtieron en súplicas y de ahí al desprecio. Luego el olvido, el silencio, no se le odia, no se le echa de menos. Con Gonzalo Higuaín el desenlace va a ser más agrio, me temo.

Mendieta junto a su agente, Alberto Toldrá, en la rueda de prensa que anunciaba su intención de abandonar el Valencia. Fuente: levante-emv.com

Mendieta junto a su agente, Alberto Toldrá, en la rueda de prensa que anunciaba su intención de abandonar el Valencia. Fuente: levante-emv.com

Higuaín salió de Madrid con destino Nápoles, una ciudad de claros y oscuros, abrumadora y viva como pocas, urbe que luce un llevadero desorden los 365 días del año. Territorio de Diego ni más ni menos. El Pipita escogió Nápoles, no Londres ni Estocolmo, ahora no vale quejarse. Allí se reafirmó como uno de los mejores delanteros del mundo, etiqueta que jamás llegó a tener en el Real Madrid. La fanaticada napolitana, exacerbada como pocas e ingenua como todas, lo tomó como uno de los suyos, sin querer creer que el Pipita ya hacía muchos años que era Don Gonzalo, un profesional del fútbol y un héroe sólo cuando conviene. Y a sueldo del que más invierta.

El problema del fútbol actual es que sus protagonistas no cobran sólo a cambio de su profesión sino a través de los sentimientos que generan, algo que los futbolistas no han maquinado pero de lo que participan activamente. Una estafa global que nos disfraza a asalariados de gladiadores, a humanos de héroes, un negocio que intenta inocular en sus consumidores un sentimiento de pertenencia que no existe desde hace mucho tiempo. Una forma de generar dinero sólo posible gracias a la ingenuidad de una hinchada dispuesta a creer todavía en hadas y duendes, un show bussiness que se retroalimenta debido (y a pesar de) las lágrimas de Mestalla en 2001 y a la ira de San Paolo en 2016. ¿Qué sería una barbacoa sin el sabor a humo? El humo es importante, cuanto más espeso y embriagador mejor, de lo contrario veríamos la realidad del pastel, algo más parecido a una inmobiliaria o a un bufete de abogados que a un teatro de los sueños.

Higuaín celebra un gol con el Nápoles. Fuente: goal.com

Higuaín celebra un gol con el Nápoles. Fuente: goal.com

Higuaín no es ni el 9 de la Juventus ni el delantero de la selección argentina, es ante todo un profesional, término que todos los jugadores con remordimiento a cuestas utilizan a la hora de justificarse ante los medios. El Pipita no ha traicionado a su afición ni a su club, se ha traicionado a sí mismo, al niño que soñaba con ser un héroe al servicio de una hinchada que le acogiera entre sus brazos y le llevara a lo más alto. Porque seamos claros, cuando éramos pequeños no queríamos ser “profesionales”, queríamos ser futbolistas, ingenuos todavía de que ese término conllevaba un mucho de jornalero y un muy poco de heroicidad. No, los niños nunca quisimos ser como Higuaín.

Como asalariado hay pocas cosas que reprocharle a Don Gonzalo: lleva siendo un empleado brillante prácticamente toda su carrera, especialmente en Italia, en Nápoles. Como héroe, si es que me permiten el término de la palabra una vez más, es un absoluto fraude.