José Mourinho, ¿un producto obsoleto?

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Vicente Breso

Licenciado en Sociología y Ciencias Políticas. Amo el fútbol y estoy enamorado del baloncesto. Escribir sobre ellos es la leche.

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Sucede con muchos productos, con casi todos en realidad. Todos sufren el mismo ciclo: inicialmente se produce un boom en el mercado, las ventas son elevadas, mientras que los precios son altos, es la fase de adaptación y crecimiento. Tras este periodo, el producto se estandariza, los precios caen en una regularidad más o menos permanente, hasta llegar a su ciclo final, el declive, en el que bajan los precios y las ventas, cuando el producto queda obsoleto. Claro que hay productos más resistentes a estos ciclos, productos que nunca parecen pasar de moda y cuya vida parece imperecedera, como la Coca-Cola. Y otros necesarios, como el papel higiénico. Pero Mou nunca ha querido ser papel higiénico, ¿verdad?

Vivir en la cresta de la ola, vestir a la moda y cantar el “Forever Young” de los Alphaville a pleno pulmón: ése es José Mourinho. O ése ha querido ser. Y por todos los dioses que durante un tiempo lo logró. El portugués ha vivido en la cúspide de la montaña durante muchos años, siendo invulnerable al cambio de países y cultura futbolística. Su discurso simpático, potente y canalla al mismo tiempo consiguió empatizar con el hincha y ser repudiado por sus rivales, cerrando filas hasta crear pequeños monstruos por dónde pasó. Atrayente, misterioso, omnipotente, José Mourinho se ganó el derecho a ser considerado lo más cool de por allí y de por aquí, el Mick Jagger de lo suyo.

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José Mourinho en una rueda de prensa con el Oporto. Fuente: futbolprimera.es

Pero, como todo producto, a Mou da la sensación de que se le está acabando la flor, que su vida en el mercado tiene pinta de estar llegando a una última etapa. Cuesta decir esto cuando uno se ha acostumbrado a escuchar los diálogos del luso en rueda de prensa, cuando su figura se antoja imprescindible en cualquier competición que se precie, cuando se ha convertido en la salsa necesaria para pegarse un buen atracón. Y quizás ése es el primer signo de hartazgo. Lo que anteriormente nos parecía poco menos que un cuadro de Dalí, ahora sólo es un esbozo de cualquier pintor de retratos de las Ramblas, tan necesarios como invisibles, una parte preciosa del decorado…pero una parte del decorado al fin y al cabo.

José chochea. Su fórmula, otrora infalible, parece ahora demasiado simple y repetitiva. Las críticas a los árbitros, los palos en rueda de prensa…todo suena a viejo. Sus palabras ya no unen a sus propios fans sino que desunen a sus jugadores, sus ruedas de prensa ya no le convierten en un icono, sino en una especie de muñeco maquiavélico que a todo el mundo le apetece escuchar pero nadie toma en serio: un eco cada vez más molesto e intrascendente, un pitido en la oreja.

Al contrario de lo que se podía pensar, ver a Mourinho en una posición de debilidad produce cierta ternura. Verlo ahí con sus ojeras de siempre y sus derrotas de nunca es algo que, admito, pensé que nunca se produciría. En el fondo siempre quise creer que Mou era el producto perfecto, la Coca-Cola, y todavía me resigno a pensar que no lo es. No, me niego a aceptar que el nuevo fútbol está hecho sólo para culturetas, que todo se reduzca a porcentajes de pases y circulación de balón. Mou fue algo más allá, siempre contracorriente, siempre rebelde, honesto con su piratería y orgulloso de su granujería.

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José Mourinho festeja la Premier League como entrenador del Chelsea. Fuente: skysports.com

Da la sensación de que el personaje ha acabado sobrepasando al entrenador y eso, seguramente, es lo peor que le puede ocurrir a cualquiera que forme parte de este mundillo. La lengua del portugués siempre estuvo igual de suelta, en el Oporto, Chelsea, Inter o Real Madrid, sin embargo daba la sensación de que esa verborrea era sólo la punta del iceberg, una parte mínima de un todo compuesto por un trabajo táctico y técnico casi perfecto. Ahora, por el contrario, dicho trabajo (si es que existe, suponemos que sí) no se ve reflejado en el terreno de juego y a pesar de todo el teatrillo ególatra del portugués no ha cesado.  El show de Mou ha perdido atractivo, resulta menos creíble y comienza a tener tintes de película de “serie b”. Su figura está cayendo de su pedestal a una velocidad de vértigo, incluso para sus propios jugadores, que ya no ven en el de Setúbal a alguien que se mueve a su antojo entre lo divino y lo terrenal. Mou corre el peligro de acabar convertido en una caricatura de sí mismo, sólo apto para anuncios de televisión e imitaciones de dudoso gusto: el bufón del reino. Eso, en el Mourinho que yo conocí hubiese significado su muerte en vida. En éste no lo tengo tan claro.

Cuando uno ha sido tan grande siempre deja cadáveres por el camino, más en el caso de Mou, acostumbrado no sólo a ganar sino a arrastrar a sus víctimas por el fango y lanzarlas por un precipicio. Su punto más bajo llega precisamente en una Premier League en la que se han reunido entrenadores con un libreto táctico de un nivel altísimo: Antonio Conte, Jurgen Klopp, Claudio Ranieri y su archienemigo Pep Guardiola. Todos técnicos acostumbrados a la victoria por decreto, a convivir con el éxito en sus países, mandamases que no dejan nada al azar y siempre arman equipos de un máximo nivel competitivo. En estas circunstancias, el viejo Mou quizás tiraría de su arma perfecta: la motivación. Los equipos del luso, más allá de estar trabajados al dedillo, siempre dieron la sensación de tener un espíritu más denso que el de los demás, de tener un punto más de agresividad. Equipos con alma, fuertes y orgullosos de sí mismos. Hoy, tras cinco jornadas, el Manchester United es el vigésimo equipo que más corre de la competición. O lo que es lo mismo, el último. Siendo llanos, el United de Mou es el conjunto de hombres más vago de toda la Premier League.

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Mou en una rueda de prensa de esta temporada. Fuente: skysports.com

José Mourinho, con 53 años y muchos títulos a sus espaldas, empieza a mostrar signos inequívocos de obsolescencia, señales de que el viejo Mou ya no da para provocar tornados y arrasar con todo lo que se encuentre. Cuando sucede esto en productos de éxito, las compañías se esfuerzan en alargar la vida de estos por una razón muy simple: es mejor mantener un producto en el mercado que retirarlo y lanzar otro nuevo.

El producto, para alargar al máximo su estancia en el mercado, debe adoptar formas distintas: cambiar la fórmula, actualizar el embalaje, el diseño. ¿Es Mourinho alguien capaz de adoptar una nueva morfología? ¿Es alguien permeable con capacidad de rediseñarse a sí mismo? Mucho me temo que no. Y, francamente, mejor que no lo haga, prefiero relacionar a Mou con el heavy metal que con una balada sosa y aletargada. Si empiezo a escuchar a “The Special One” hablar de posesión de balón y “jugar bien”, acabaré con ganas de tomar un chupito de bromuro.