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Messi, estafador profesional

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Vicente Breso

Licenciado en Sociología y Ciencias Políticas. Amo el fútbol y estoy enamorado del baloncesto. Escribir sobre ellos es la leche.

Le veo patear al arco una vez y otra, primero al palo corto, luego al palo largo, la pega de vaselina, lanza penales y de vez en cuando da algún que otro remate de cabeza. Si se cansa no lo parece, si se aburre no me doy cuenta. Miro a mi alrededor, estiro las piernas y me pongo en acción, esto es manifiestamente insano, hasta debe provocar cortes de digestión ¿Pero qué basura de deporte echan por la tele?

Lo enfocan, siempre lo enfocan a él, mierda de realización, me sé sus rasgos faciales al dedillo, sé en qué piensa cuando pone su boca en forma de O imperfecta, aprecio hasta el mínimo detalle de sus pómulos y hasta podría desvelar los grados del ángulo que marcan sus orejas. Miro a mi amigo, que está a mi derecha, él me entiende y sabe lo que estoy pensando, por eso dice: “cualquier día harán un partido y parecerá que sólo juega él”. Entonces yo cierro los ojos por un momento y con toda la serenidad que me es posible reunir le contesto: “ ¿Pero qué llevas viendo los últimos once años? Es así desde entonces”. Ingenuo de mí, le creía más observador, evidentemente no debe amar el fútbol tanto como lo hago yo. Pasado un tiempo me olvido de  la pregunta retórica del colega, no soy alguien rencoroso, otra vez nos juntamos y de nuevo dan en la caja a aquel engendro con su cara impávida y sus ojos inexpresivos. Traza una diagonal de derecha a izquierda, conduce la bola unos cuarenta metros dejando atrás a dos, tres rivales, no recuerdo ya, se planta ante el guardameta y se la pica por encima. De nuevo mi estúpido amigo abre la boca: “es el mejor futbolista de siempre”.

La estupidez humana es una pandemia, se transmite tan rápido como lo hacía la peste negra en el siglo XIV e incluso me atrevería a decir que viaja más rápido que internet. El mejor futbolista, dicen, para luego irse a sus casas a comerse un buen filete y retozar un rato. Me hubiese burlado de por vida, si no llega a ser porque esa misma frase la repiten esa misma noche en una centena de canales distintos, lo hacen en árabe, en portugués y hasta en el idioma de Cervantes. El tiempo pasa y esa frase la siguen diciendo una y otra vez, entra en un bucle infinito, en una dinámica goebbeliana que mucho me temo que acabará por convertir la mentira, la barbarie, en una realidad tan palpable como cualquier materia.

Leo Messi, el eterno 10 del Barça Fuente: rtpa.es

Leo Messi, el eterno 10 del Barça Fuente: rtpa.es

“El mejor futbolista de siempre”. ¿Pero acaso han visto un partido de fútbol en su vida? ¿Alguna vez han visto a cualquier otro futbolista hacer algo parecido a lo que hace el engendro cada tres días? Por favor, parece que esté razonando con horcos.  Esa cosa no es un futbolista, por mucho que quieran estandarizarlo no lo harán, a pesar de que quieran convertirlo en un número, como salido de una cadena de montaje, no lo conseguirán. Y si lo consiguen, por todos los santos que deberían arder hasta que el infierno se escarche.

Si no se fían de mí, hablen con ellos, con los futbolistas digo, que no les de vergüenza. Un futbolista les dirá que ellos entrenan, Messi sólo juega; un futbolista esprinta, acelera y para, Messi simplemente corre; un futbolista regatea, Messi sólo sigue su camino. No, si Leo es famoso estoy seguro que no es por eso si no por todo lo contrario, la gente no puede ser tan obtusa, estoy seguro de que muchos se habrán dado cuenta de que Leo es el único profesional del fútbol que no practica fútbol. El paciente 0 sólo juega con la pelota, creo que esa es la mejor manera de definir a lo que se dedica.

Veo muchos partidos, me gusta el fútbol, es una enfermedad irremediable, incorregible, casi terminal, sin embargo en ocasiones me toca zamparme horas de series que se me hacen más largas que un día sin pan. Todas siguen el mismo patrón, con argumentos casi idénticos, personajes clónicos, tramas policiacas enrevesadas con actores vulgares y guiones de andar por casa, es lo que se lleva ahora y lo que por desgracia le gusta a mi novia. Ella, que se ha levantado con el pie izquierdo, responde mis quejas con una frase lapidaria: “no resoples, todos los partidos de fútbol son iguales”. Una sentencia que va directa al corazón y que por un segundo me parece profundamente injusta y malintencionada, casi motivo de separación, hasta que instantes después añade un mágico: “bueno, menos si juega Messi”.  Al final, mi novia, que apenas sabe recitar una docena de futbolistas y no entiende ni de demarcaciones ni de estrategias ha dicho la frase más fascinante de la semana. Exactamente 24 h más tarde, Messi recibirá al pie un balón prácticamente en el centro del campo, se encontrará con tres tipos de camisa a rayas rojas y blancas, los driblará en carrera, tac-tac-tac, y en 16 toques de balón dejará muerto al Athletic Club de Bilbao en la final de Copa. Otra más. Ahí es cuando me atrevo a explicar detenidamente mi hipótesis, un razonamiento singular que hasta ahora no me había atrevido a contar, la historia de alguien que sigue viéndolo todo demasiado fácil.

Messi celebra un gol con Argentina Fuente: bbc.co.uk

Messi celebra un gol con Argentina Fuente: bbc.co.uk

¿Se acuerdan de esas canastitas de medio metro que tenían cuando eran pequeños? No éramos muy lúcidos, con dificultad dábamos tres pasos seguidos, sin embargo aquel cesto ya nos parecía relativamente bajito. Jugábamos a ser estrellas de la NBA, aunque nosotros todavía no sabíamos cómo se llamaba aquello, durante un tiempo nos creímos los mejores simplemente porque aquella bola de plástico, la lanzaras desde donde la lanzaras, siempre acababa entrando. Podías hacer concursos de triples, de mates, hasta lanzar del revés, aquella esfera naranja entraría de todas todas. Debía de ser así, sea quien fuere que hubiese fabricado aquel sencillo juego lo había hecho con la intención de contentar a los niños que lo tuviesen colgado en su pared. Y ya de paso a los padres. Cuando miro a Messi, sigo viendo a uno de esos locos bajitos jugando con su cesto, lanzando una y otra vez sin descanso, golpeando el tablero, saltando y colgándose de ese aro fofo hasta romperlo. Era fácil, tan fácil como es para él lo que ha hecho los últimos once años, juega a la pelota como un infante…y no tiene perdón.

Esa cosa llamada Messi está haciendo trizas lo que se suponía que era algo sagrado. Él, que vive de perpetuo en un laberíntico jardín de infancia en el que sólo se permite jugar a la pelota. No es justo, ese caprichoso trozo de carne de poco más de metro sesenta se ha cargado todo mi mundo, ha puesto patas arriba un universo en el que yo vivía cómodo, como un rey en su poltrona, ha reventado todo el imaginario de los sabios de este deporte, que ya no encuentran palabras para definir lo que está pasando. Se lo ha cargado, él es el culpable y debe pagar, el fútbol es de los futbolistas.

Que lo detengan, lo pongan bajo custodia y lo encierren bajo llave, a poder ser en una celda bien oscura y sin objetos esféricos, con total ausencia de cualquier tono verde por debajo de sus rodillas. Eso es lo que haría yo si fuese alguno de esos ingenieros del fútbol, es exactamente el procedimiento que habría que seguir para recuperar la fragancia de lo que era este deporte, sin alteraciones químicas, sin edulcorantes. El balompié ya no es lo que era desde que el engendro está entre nosotros, han sido once largos años desde que el mutante salió de su redil y empezó a alimentarse de todos los que han practicado este pasatiempo remunerado mancillando su nombre para siempre. Leo, tú has sepultado el fútbol, lo has condenado a muerte, has puesto cada una de sus letras en una caja de roble y lo has tirado al mar profundo, desde donde será muy difícil devolver a la superficie. Háganse esta pregunta, ¿cómo va a venderse este producto una vez “la cosa” se aburra y se marche a su casa? ¿se encargarán los medios de fabricar un sucesor destinado a la indignidad permanente? Claro que este negocio seguirá andando, de eso se encargarán millones de gargantas en todo el mundo, mas la historia será del todo distinta, todo porque un rosarino nos ha clausurado de por vida  ese sentimiento de plenitud que nunca jamás podremos recuperar. Messi actuó como un acelerador de partículas, administró un fuel de combustión extrema a un motor que ya funcionaba perfectamente hasta que el vehículo llegó al máximo de su capacidad motora, a la perfección aerodinámica, a la excelencia de lo excelente, el problema es que ese carro viajaba a través de un mundo de fantasía cuyo único poso de realidad era precisamente Messi. ¿Y luego qué? Una larga resaca que me hará detestar al engendro toda mi vida, con el motor gripado, sin acelerador ni mundo de fantasía. Un coñazo.

Imagínense una partida de ajedrez en el que uno de los participantes lanzara el tablero por los aires en el ecuador de la partida y acto seguido le volara el gaznate al otro con una escopeta recortable. Materialmente sólo quedaría vivo uno de los dos, sólo un hombre podría seguir jugando al ajedrez con otras personas, moviendo el alfil en diagonal, protegiendo a su rey, intentando una vez el Mate del Tonto y a la siguiente el Mate del Loco. Uno de los dos ha tenido la virtud de acabar con el otro pero la partida de ajedrez sería nula, tanto en el resultado como en la moralidad del ejercicio del juego. Lo mismo sucede con Messi,  ha acabado con todos y cada uno de sus rivales, es el sumo sacerdote de todo y cuanto tenga que ver con su ajedrez particular, pero no ha jugado al fútbol, ha hecho otra cosa. Imaginen ahora un partido de waterpolo en el que uno de los jugadores tuviese cuatro brazos, escamas en el cuerpo y una aleta de tiburón en el dorso, moviéndose por la piscina a una velocidad netamente superior a la del resto, goleando sin esfuerzo alguno durante meses, años, lustros. ¿Quién no denunciaría eso? O nacen más como ése o inventamos otro deporte, pero como juegue alguien así nos cargamos el waterpolo y todo lo relacionado con él.

Por eso solicito que lo enchironen por estafa, por once ficticios años de una gloria que nada tenía que ver con el fútbol. Eso, repito, no es un futbolista. Defínanlo como quieran, escriban poesías que hablen de sus goles, canciones que plasmen su aura, cuelguen vídeos en youtube para que las nuevas generaciones lo vean…pero no lo llamen futbolista. Si se las dan de leyes, soliciten que les devuelvan el dinero de las entradas de todos y cada uno de los partidos que lo vieron jugar, pidan el reembolso de cualquier céntimo gastado en PPV, no dejen que los engañen más, no hasta que cambien el nombre de este deporte, por lo menos hasta que “la cosa” deje de jugar con su cesto. Ha sido una estafa en toda regla, el mayor fraude de la historia del hombre, una década de desfalco injustificado y sin justificante por el que cualquier persona que tenga un mínimo apego al fútbol debería  alzar la voz.

Leo Messi posa con sus 4 Balones de Oro Fuente: taringa.net

Leo Messi posa con sus 4 Balones de Oro Fuente: taringa.net

Les confieso que nunca fui hincha del Barcelona, soy agnóstico en ese aspecto, todo lo azulgrana me resulta pasionalmente indiferente, puedo levantarme del sillón e irme a pasear al perro mientras el Barça juega una semifinal de Champions, no sufro, ni sudo mares ni se me va el apetito. Mi “odio” a Messi no tiene nada que ver con el apego a unos colores, sino con el amor al fútbol, por eso, por la lógica aplastante de alguien como yo, que anda poniendo el parche antes que la grieta, sólo me queda resignarme a pensar que me quedan, con suerte, unos sesenta años de dura supervivencia en los que nadie ni nada practicará el mismo deporte. Veré a muchos futbolistas, me enamoraré de gloriosos murciélagos y admiraré a otros genios que están por venir, pero nadie jugará a la pelota como éste.

Lo vi a él y todo lo demás quedará convertido en paja, en un deshecho tan infinito e insignificante como todo el saco de verdaderos futbolistas a los que Messi hundió. Vi a quien pasó por encima de la norma, al estafador más brillante de la historia del deporte profesional, al 10 que insultó al fútbol hasta decir basta y me confinó a una insatisfacción perenne. Algún día lo dejará,  lo abandonará para siempre como nosotros abandonamos a la canasta de medio metro después de un tiempo, lo dejará por los mismos motivos por los que nosotros dejamos de lanzar la pelotita naranja:  porque nos parecía demasiado fácil.

De viejito repetiré aquello de “yo vi jugar a Messi”, no replicaré a todos esos niñatos que me hablen de Pepito Pérez como el enésimo mejor jugador de la historia, simplemente les daré una palmadita en la espalda y les otorgaré la razón absoluta. No me importa lo que digan porque en mi interior sé que vi al primero de su raza, sea cual sea ésta. A la primera criatura salida directamente de un manuscrito oculto de Tolkien, al primer semidiós proveniente de alguna civilización no descubierta hasta la fecha, quizás al pariente más cercano de Da Vinci o al asterisco que se le escapó a Newton para explicar las leyes del movimiento y la dinámica. Lo he visto, lo veo y lo veré, será la única satisfacción que podré tener una vez la botella de champagne del argentino ya no se deje descorchar, cuando las burbujas que ahora pululan en cámara lenta por el aire hayan caído al suelo y se hayan secado a la luz del sol, cuando el juego de la pelota ya no represente para él más que un pasatiempo como otro cualquiera y no la vida misma, cuando no haya un jugador de entre los 22 que pisen el Camp Nou y otros lares que de una pared en el centro del campo sea capaz de encender el piloto rojo de todos los realizadores del mundo en forma de advertencia: no pongáis un primer plano, en apenas 5 segundos nos podemos perder un gol. Leo, si te tuviera frente a frente no te diría gracias, ni te prometería un artículo ensalzando tu figura, simplemente te exigiría que pidieras perdón por tantos y tantos años de humillaciones públicas a rivales, por una estafa continuada al público, compañeros y contrarios, por ser alguien que, aunque inocentemente sólo quería jugar a la pelota, dejará una existencia vacía e insulsa a través de la cual el fútbol nunca será lo mismo. Nunca como lo fue cuando el más grande en lo suyo se coló en él, tan sucio, tan injusto para los demás y tan espectacular a la vez, nunca el fútbol se recuperará de esto, en la vida podrá supurar una herida de un toro como éste. Y a pesar de todo, seguirá siendo el mejor deporte de todos, pero esta vez practicado por futbolistas, como lo fue siempre, como lo será con su marcha. Como debe de ser.