Pues yo sí entiendo a los argentinos

En los informativos españoles el tema huele a rancio, como si en España repartiesen un carnet de periodismo especial, mejor que el de Argentina, más exclusivo. De repente salen decenas de expertos en la selección albiceleste, gente verdaderamente ofendida por una realidad de la cual nos separa, cuanto menos, todo un océano. Pues, ¿saben qué les digo? Yo entiendo a los argentinos, a la hinchada, a la gente, incluso a los periodistas. O al menos intento hacerlo.

El fútbol ha evolucionado mucho en los últimos años, la organización, cobertura y difusión a nivel mundial nada tiene que ver con la de hace apenas una década. El problema es que toda esa evolución ha ido enfocada a un crecimiento material, de cara a los beneficios y de espaldas a la gente. En eso incluyo a los propios futbolistas, tan ciegos en su nebulosa que apenas aprecian a distinguir cuánto tienen alrededor. Ahí es cuando identifico el desarraigo del pueblo para con su selección, un equipo plagado de futbolistas que se marcharon siendo chiquitos a Europa sin dar tiempo a que Argentina los viese convertirse en hombres, sin ni siquiera ser juzgados, reconocidos o vitoreados.

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Un joven «Kun» Agüero jugando para Independiente de Avellaneda. Fuente: infobae.com

Un fútbol, el argentino, empobrecido hasta decir basta, víctima como pocos de la corrupción de sus dirigentes y presa de la madre Europa, ávida en pescar a precio de saldo hasta el último pezqueñín que sepa pegarle más de dos toques a un balón de fútbol. La liga argentina ha pasado de ser una referencia a nivel mundial a convertirse en parte del tercer mundo futbolístico, sin jugadores de verdadero nivel, plagada de juveniles cuya calidad no da para jugar en el viejo continente y veteranos pasados de todo. Eso es lo que ven día a día millones de aficionados argentinos, que esperan como agua de mayo cada partido de su selección con la bisoñez de un niño el sexto de enero.

Con toda esa ilusión, los argentinos ven llegar a un plantel plagado de jugadores criados futbolísticamente en Europa, sin rastro alguno del acompasamiento de Román ni del aplomo en el 5 de Fernando Redondo, jugando a un ritmo que poco tiene que ver con la sutileza sudamericana. Pero lo grave no es la pérdida de esencia sino el hecho de que ninguno de esos jugadores ha sido verdaderamente grande en América. A ninguno le dio tiempo.  Tirando de memoria, Éver Banega es el único jugador de todo el plantel con una Copa Libertadores en su palmarés, conseguida en la temporada de su debut en el primer equipo de Boca y con un papel muy residual. No siempre fue así, no con Gabriel Batistuta, Hernán Crespo, Verón o Sorín, por poner algunos ejemplos. Es la diferencia entre salir siendo un niño y salir siendo un hombre, entre bancar envases vacíos o iconos. ¿Se acuerdan de lo difícil que fue encorsetar a Cesc Fábregas en la selección y en el Barça?

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Messi y Hernán Crespo en uno de los primeros pasos del actual capital de la albiceleste. Fuente: coastaldigest.com

Con esa expectación a la que nos referíamos anteriormente llega la selección patria a Brasil, con Neymar, Mascherano y Messi viajando en el avión privado del brasileño. “Se me está torciendo el bigote pero vamos a callarnos”– piensa Gustavo, mecánico, 44 años, de Santa Fé. Antes del partido la realización muestra la toma del banquillo argentino y entre todos destaca la figura de Ezequiel Lavezzi, jugador del Hebei Fortune chino, inactivo a causa de una lesión durante 4 meses y llamado por el entrenador para “hacer grupo”. “¿Esto es un equipo o una charanga?” – piensa Maria José, enfermera, 35 años, de Buenos Aires. La mujer, hincha de River y acérrima de la albiceleste, se la ve algo mosqueada, pues acaba de cambiarse el turno con su compañera Laura Belén, menos visceral pero igual de aficionada. Laura Belén, Laura para los amigos, no tendrá demasiado trabajo esa noche en el hospital y acabará viendo, al igual que Gustavo y su amiga Maria José, el baño que le meterá Brasil a su selección, muy lejos de ganar y sin carácter para perder.

El pasteleo del avión continuó luego en el Mineirão, con Neymar gambeteando a unos y a otros a su antojo sin que se viese por ningún lado el irascible carácter argentino en la derrota, con la sensación de que el cordón umbilical que unía al brasileño con el núcleo duro de Argentina era más denso que el desaliento de su hinchada.

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Neymar celebra el gol de Brasil con Gabriel Jesús y Coutinho. Fuente: elpais.com

El tema es más grave de lo que parece, dejando de lado el indudable talento de los argentinos. En el mundo del deporte siempre hubo diferentes maneras de ganar y diferentes maneras de perder, así aprendí dos cosas: los serbios son peligrosos cuando ganan y los argentinos cuando pierden. En el caso de los serbios la victoria les otorga un punto de crueldad inconfundible, actúa como nexo de unión entre deportistas fieros pero erráticos, entre personalidades fuertes con tendencia al autoensalzamiento individual y al desapego de grupo. Con los argentinos sucede un fenómeno distinto cuando pierden. No se metaboliza la derrota, no se asume bajo ningún concepto ni se tiene en cuenta el significado de la palabra “juego”. El argentino tiende a la bronca cuando las cosas no salen, a buscar ofensas en gestos cotidianos y encontrar culpables en todos lados: el jugador rival que aguanta demasiado el balón, el árbitro que no pitó aquella falta o el técnico contrario que provocó con sus declaraciones. Con buenas o malas maneras, así es como ha sido siempre, como el argentino de a pie siente que debe de ser.

Y ahora, tras este pequeño discurso, mírense el Brasil-Argentina del otro día e intenten no llorar.

1 comentario
  1. Alex
    Alex Dice:

    Seguro que parte del problema con la selección argentina es la falta de identificación de una hinchada para la que la selección es lo más con los jugadores. Es cierto que se van muy jóvenes a Europa y en la mayoría de los casos vuelven en el ocaso de su carrera. También comparto que la prensa española trata a la prensa de allá como con superioridad.

    Pedrerol al mediodía suele meter trozos de debates de televisión argentina como diciendo «¡estos están locos!». Precisamente Pedrerol, que para mi gusto representa lo peor del periodismo. No sé si esos cortes son representativos, quizá en otros países puedan meter trozos del Chiringuito diciendo barbaridades por el estilo y no reflejarían el sentir de España.

    Dicho esto, no me meto en aficionados u otra gente, pero al menos parte del periodismo argentino creo que tiene que hacer autocrítica y una reflexión muy seria. Porque la prensa no es mera aficionada, influye en las opiniones de la gente y tiene que decir cosas con cierto sentido. Por ejemplo, critican constantemente a Messi: cuando va porque no juega bien, cuando juega bien dice que solo es un partido de diez, cuando está lesionado podría forzar, cuando no va porque siguen yendo «sus amigos». Pero vamos a ver, que digan ellos quién hay en Argentina mejores que los Agüero, Higuaín, Di María… El problema es que con la albiceleste no rinden, seguramente porque le pesen los fracasos anteriores. Pero seguro que si llama a otros peores dicen que no tienen nivel. Y que conste que pienso que el seleccionador actual deja mucho que desear, pero ese clima no ayuda en absoluto.

    Los periodistas tienen que ser conscientes de una cosa: si Argentina va al Mundial es por Messi, sin él son un equipo vulgar al que puede ganar cualquiera. Ahí están los números con él y sin él. Así que deberían estar más agradecidos y velar por un clima más agradable en la selección, aunque fuera por el bien de Argentina. No quiero generalizar porque no creo que toda la prensa sea así, pero desde luego alguna que sale en esos programas españoles que tampoco deberían mirarles con esos aires de grandeza.

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