Písala otra vez, Riquelme

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Vicente Breso

Licenciado en Sociología y Ciencias Políticas. Amo el fútbol y estoy enamorado del baloncesto. Escribir sobre ellos es la leche.

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Debo confesar que Román Riquelme es el jugador que mejor me entró por los ojos nada más lo vi, uno de esos jugadores que me llevaron a redescubrir este hermoso deporte llamado fútbol. Algo distinto, fuera del pim-pam-pum, alejado de la explosividad de quien necesita correr para demostrar ser alguien en este mundo, un hermoso vals sonando al tempo en plena era del rock.

Román tiene y tenía un juego acorde a su personalidad, su tono de voz fino y su peculiar forma de vocalizar tenía su continuación sobre el césped, con ese trote melancólico salpicado de los toques de magia propios de un genio. Su apariencia sencilla contrastaba con facilidad para buscarse problemas y seguir en el altar de los aficionados del buen fútbol, a pesar de todo. A pesar de no correr, a pesar de ser un jugador unidimensional cuyo único sistema conocido era el suyo propio. Y aún así llevó a Boca Juniors a ganar tres Copas Libertadores y a un equipo como el Villarreal a unas semifinales de Champions League, cuyo desenlace decidió fatalmente Riquelme desde el punto de penalti, algo que ha simbolizado la carrera de Román: ese casi pero no, ese grande que pudo haber sido y “casi” no fue.

Román Riquelme, ídolo de La Bombonera

Román Riquelme, ídolo de La Bombonera

Era pequeño, ni siquiera adolescente, había escuchado hablar de aquel fenómeno argentino de Boca a través de la extinta Don Balón, esa revista que me acercó al deporte rey y me enseñó a amarlo. Por casualidad y cortesía de la televisión tuve la oportunidad de ver un diferido de un partido de liga argentina en el que sólo recuerdo a uno de los equipos simplemente por el hecho de que allí jugaba Riquelme. No había visto a nadie así: lento, con poca movilidad, con esa apariencia de estar algo pasado de peso, sin sudar, trotando por todo el campo y esa cara de tristón que nunca abandonaría hasta hoy. Me embelesó, era el jugador “más diferente” que había visto en mi vida.

La pobreza del actual campeonato argentino nada tiene que ver con los jugadores que salieron del país a principios de siglo, con nuestro protagonista y el “Payaso” Aimar a la cabeza, pero con otros grandísimos peloteros como Diego Placente, Javier Saviola o Leandro Romagnoli entre otros. Con campos secos, repletos de papelitos que teñían el césped de un colorido sin igual en el mundo, Román dominaba a su antojo entre pisaditas, caños y reivindicaciones públicas en forma de grandes orejas (ver vídeo) a Mauricio Macri, entonces presidente de Boca Juniors.

Un estilo tan pulcro como discutido, una forma de jugar tan fría y descorazonadora como bella y peculiar, unos regates tan inyectados de ciencia ficción como de nula velocidad y potencia. ¿Estaba aquel rey sudamericano capacitado para reinar en el viejo continente?

Llegó al F.C. Barcelona en la temporada 2002-2003, con Louis Van Gaal en el banquillo blaugrana, un técnico regio que nunca tragó con un fichaje que él no había pedido. Quizás llegó al peor equipo posible, un club con el sello de uno-dos toques que impuso Johan Cruyff a fuerza de títulos y un juego inolvidable, con una filosofía clara y meridiana en la que Román no encajaba. El holandés le dejaba exhibir sus dotes a cuentagotas, lo encorsetaba en banda izquierda donde Román veía pasar el balón de largo. Le exigía, además, un trabajo defensivo que el bueno de Riquelme jamás tuvo la capacidad ni la voluntad de cumplir. A pesar de eso, el juego del argentino dejó buenas sensaciones entre la afición blaugrana y acabó aquella temporada como uno de los máximos asistentes del equipo con 8 pases de gol, muchos de ellos a su amigo Saviola, una sociedad que sólo duraría un año. Los 13 millones de dólares que el Barça pagó por él no impidieron que el enganche regresara a la que fue su casa, Boca Juniors, dejando tras de sí unas pocas gotitas de su magia y alguna que otra canción (ver vídeo).

Tras volver a poner a toda Sudamérica a sus pies Román tuvo su segunda oportunidad en Europa, esta vez en un pequeño pueblo en la provincia de Castellón. Si el juego del argentino no se adaptaba a Europa bastó con traer un cachito de Argentina a Villarreal para que el 10 destapara el tarro de las esencias. Rodeado de jugadores como Arruabarrena, Sorín, Cagna o Gonzalo Rodríguez, entre otros, Riquelme llevó al submarino amarillo a saborear las mieles del éxito, una vez más a base de pisaditas, pases de ensueño y ese trote monótono que hipnotizaba a compañeros y rivales.

Riquelme ha vivido toda su carrera en el olimpo de los dioses, ha sido tratado de manera especial en todos y cada uno de los clubes en los que ha estado…y a pesar de eso siempre ha estado rodeado de polémica y asuntos turbios en todos lados. Una personalidad peculiar que algún psicólogo podría catalogar como audodestructiva le impidió ponerse la zamarra de la albiceleste más veces y a verse privado de jugar algunos grandes campeonatos, pero sobre todo a salir de aquella manera de un club que le entregó las llaves, le confió su presente, su futuro y hasta su propia identidad.

Román Riquelme fue el referente de un Villarreal de Champions

Román Riquelme fue el referente de un Villarreal de Champions

La Bombonera disfrutaría de Riquelme durante 7 temporadas más en los que el enganche fue el capitán y el absoluto líder de un equipo que ha estado lejos de la máquina que engrasaba Román en su primera etapa en Boca, aquella en la que Martín Palermo, Óscar Córdoba, Guillermo Barros Schelotto, Bermúdez o el “Chicho” Serna se valieron del talento del 10 para firmar el mejor ciclo de la historia del club bonaerense.

Román salió de Boca otra vez, de manera extraña, como su juego, como él, para enrolarse en la “B” al servicio del club del que siempre fue hincha, Argentinos Juniors. 18 partidos y 5 goles después, consiguió el ascenso a la Primera División argentina.

Nunca llegaremos a estar en la mente de Riquelme para conocer como piensa, qué siente, como respira. Nunca sabremos hasta donde podría haber llegado si su personalidad hubiese sido otra y jamás sabremos si con otra personalidad hubiésemos disfrutado tanto. Un jugador único, de esos que salen en las enciclopedias de todo el mundo durante unos años y al que las nuevas generaciones no tardarán en olvidar. Espero y deseo que muchos padres cumplan con la tentación y les hablen a sus hijos de aquel malcarado y engañosamente sencillo 10 que elevó el concepto de fútbol espectáculo a otro nivel. Aquel “sobón” que condicionaba al equipo a jugar a su ritmo, a su manera, para ganar partidos, ese raro espécimen que practicaba deporte sin correr y aún así levantaba a la gente de sus asientos.

No sabemos cuál será la próxima parada de Riquelme pero sea cual sea seguro que no nos deja indiferentes. Mucha suerte en tus nuevos trotes, Román.