Ay Unai…

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Vicente Breso

Licenciado en Sociología y Ciencias Políticas. Amo el fútbol y estoy enamorado del baloncesto. Escribir sobre ellos es la leche.

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Para los que conocemos a Unai Emery no nos ha sorprendido su eliminación a manos del Real Madrid, ni tampoco la cara que el equipo francés ha dado en ambos partidos, dando la sensación de que eran un muñeco en manos del trece veces campeón de Europa. El PSG tenía todos los ingredientes para dar guerra al todopoderoso equipo blanco, sin embargo, llegado el momento, les ha faltado aquello de lo que presume Unai en el título de su libro: “Mentalidad ganadora”.

El París Saint Germain es un club que tarde o temprano dará el paso, los futbolistas están ahí, la ambición fluye por todos sus poros. Y el dinero de Qatar, claro. Pero no será con Unai Emery, no con el vasco, sentenciado tras el esperpento de la vuelta en París. El técnico, lejos de mantener los pies en el suelo antes del doble duelo ante los blancos, decidió sumarse a la majadería del entorno parisino, calentando la eliminatoria de forma poco inteligente. Finalizado el choque de trenes, cada uno está en su sitio: el Madrid en cuartos sin sufrir demasiado, el PSG tomándose unas forzosas vacaciones en medio del tedio de la Ligue 1 y Emery languideciendo en un banquillo que ocupa pero que ya no es suyo.

Unai Emery, tocado tras la eliminación del PSG a manos del Real Madrid.

Unai Emery, tocado tras la eliminación del PSG a manos del Real Madrid. Fuente: marca.com

Comentaba Guardiola hace un tiempo que él , como entrenador ,“imaginaba durante días un partido” y “sentía satisfacción cuando ese partido se plasmaba sobre el césped”. Si trasladamos esto al caso del de Hondarribia difícilmente cumpliría la segunda premisa. Y eso que es un estudioso del fútbol, un enfermo de pronóstico muy grave además. A todos nos consta que Unai Emery analiza pormenorizadamente al rival, que conoce hasta el mínimo detalle de todos y cada uno de los futbolistas contrarios, quizás hasta demasiado. Tanto estudio lleva a su equipo a planteamientos únicos, a partidos tan radicalmente distintos entre sí que despistan al contrincante y lo más grave: a su propio equipo. Especialmente grave es el caso de sus planteamientos contra equipos grandes, donde sufre graves ataques de entrenador, donde siempre deja alguna pildorita para que los freaks de esto puedan lanzarle alabanzas, olvidándose rápidamente de que a esto del fútbol de alto nivel se juega para una cosa: ganar. Y ahí Unai sale muy trasquilado: 25 partidos contra Real Madrid y Barcelona, con un balance de tan solo dos victorias.

Y es que, más allá de táctica y planteamiento, Emery carece de algo que sí debe tener todo entrenador de equipo grande: carisma. Sus futbolistas nunca lo respetarán como sí respetan a otros como Ancelotti, Zidane o Mourinho, todos técnicos con menos vídeo y más de esa otra cosa de la que Emery adolece y que jamás adquirirá. No, sus futbolistas no hablan el mismo idioma que él, sino que se adaptan a su laxitud e inseguridad para vivir más cómodos y apalearlo cuando las cosas van mal. Así fue en Valencia, donde el cacareado tercer puesto sin competencia no llenaba al aficionado y en Sevilla, donde a pesar de sus triunfos europeos nadie lloró su marcha. Por el camino indisciplinas, partidos perdidos de manera inexplicable, rotaciones sin sentido…y un largo etcétera de elementos que reforzaban todavía más su imagen de inseguridad.

Emery es imprevisible, a ratos parece un tipo encantador y sin embargo otras veces saca un ego impropio de su debilucha imagen. En París se equivocaron de hombre: no necesitaban a alguien que inventase el fútbol sino a un tipo que hiciese correr juntos a gente que no suele correr por ni para nadie. Neymar o Mbappé no van a admitir sesiones interminables de vídeo ni rotaciones extrañas en pos de un supuesto beneficio del grupo. Esos juegan a otra cosa, todo es más sencillo con ellos. O más complicado, según se mire. Pero Unai es mucho Unai y ese pequeño ego que saca en alguna que otra rueda de prensa lo traslada en toda su dimensión a alineaciones y táctica avanzada. Nunca se ha atrevido con los tres de arriba, como buen estómago agradecido, pero ha acabado vendiendo a todos los demás. Sentó a su capitán Thiago Silva en la ida, dio galones a un joven Lo Celso por encima de Di María y ninguneó a Draxler y Pastore durante largos tramos de la temporada. Cuando llegó el examen final su obra se vino abajo, el conjunto que había tenido tiempo de armar durante año y medio se diluyó como un azucarillo. Cristiano Ronaldo dibujó las vergüenzas de un engendro al que la Ligue 1 se le queda pequeña y un inquilino de un banquillo, el del Parque de los Príncipes, que se le queda demasiado grande.

Emery charla con Neymar.

Unai Emery charla con Neymar. Fuente: elperiodico.com

Nadie salió a dar la cara por su entrenador al final del partido, ni dirigentes ni por supuesto jugadores. No es la primera vez que Unai Emery se queda solo, en realidad es un técnico acostumbrado a desquiciar a todo el mundo. Hasta ahora le salvó la prensa, o mejor dicho, un sector muy generalista de la prensa centrada en Real Madrid y Barcelona para la que el técnico de Hondarribia nunca había posado en primer plano, o al menos no del todo. Emery siempre fue un entrenador muy cómodo para ellos mientras estuvo en Sevilla y Valencia: cosechaba resultados aceptables en liga y nunca discutió la hegemonía de los dos grandes transatlánticos como sí lo hace el ‘Cholo’. Fue más bien un adorno, alguien a quien interesaba adular para meterse con Mestalla y a quien defender de la indiferencia de Nervión.

Unai vivió en la más absoluta comodidad hasta que la bolita del sorteo le emparejó con el F.C. Barcelona en 2017. Era su momento, estaba en la cima del mundo y se enfrentaba a un equipo en horas bajas como el Barça de los últimos coletazos de Luis Enrique, ¿qué podía salir mal? El mundo conoció en esa eliminatoria al Unai Emery de verdad, ese que lleva a sus equipos hacia una esquizofrenia colectiva muy difícil de explicar, sin un patrón de juego claro y sin un ápice de fiabilidad. No era la primera vez, ni la segunda, pero mientras tanto el mundo miraba para otro lado…hasta que se descubrió el pastel.

En 2018 otra bolita caprichosa quiso que Emery se tomase una reválida contra el otro coloso de nuestro fútbol, pero su PSG nunca compareció de verdad. En la ida tuvo al Madrid sobre la lona sin apenas proponer nada extraordinario, solo moviendo el balón razonablemente rápido esperando que los blancos se hundieran en sus propias miserias. Pero a Emery le pudo su ego (una vez más), y a sus futbolistas el miedo. En los diez minutos posteriores a la entrada de Meunier al Madrid le dio tiempo a oler la sangre y cargarse de un plumazo todas las ilusiones de un club tan pobre que sólo tenía dinero. En la vuelta directamente ni se presentó. Así de duro.

El entrenador guipuzcoano se ha levantado esta semana siendo el saco de boxeo de todo un país (bueno, siendo estrictos, más de uno) e ironías del destino, la misma prensa para la que siempre fue un “bien caído” hoy se ríe de él. Sí, todos esos que veían a Valencia y Sevilla en resúmenes de treinta segundos una vez por semana y que ningunearon su fracaso en el Spartak de Moscú, todos esos para los que Unai Emery era poco menos que un mago por colocar en el tercer puesto a un equipo como el Valencia, todos esos que se deshacían en elogios hacia él mientras ocupara banquillos ajenos y jamás lo colocaron en ninguna quiniela para dirigir el suyo porque, en el fondo, nunca lo consideraron digno de algo así. Lo van a despellejar vivo ya que, por primera vez, Emery les ha tocado la fibra, dos ridículos así no se olvidan fácilmente. Unai enfadó a muchos “anti” de la prensa en dos años consecutivos y eso se paga muy caro en este país en el que la vehemencia vende mucho y la objetividad muy poco.